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24 May Una de Obras MaestrasAlgo sucede en tu interior cuando tienes el placer de ver una obra maestra del cine. Lo terriblemente estimulante de la propuesta te desborda y durante un tiempo indeterminado quedas a merced de la película, abrumado por los diferentes aspectos que te han dejado flipado. No obstante, el influjo de maestría de la película llega un momento en el que puede ser (casi) asimilado y regresar a la realidad. El problema está en ¿qué pasa cuando sufres la maravillosa experiencia de descubrir dos de forma continuada? Pues bien, exactamente eso me pasó la noche del pasado domingo en una estimulante sesión triple que completó la notable “Grupo salvaje” (su excelente comienzo es el principal enemigo del filme al ser incapaz de recuperar ese nivel en el resto de su metraje) y finalizó con dos muy estimulantes capítulos de “Historias de la cripta” (ya iba siendo hora de que recuperara el nivel que tenía en mi memoria), pero lo realmente destacable sucedió entre ambas propuestas. El primer “chute” a mi cerebro vino de la mano de “El increíble hombre menguante”.
No voy a negar que le tenía ganas desde hace tiempo a la cinta de Jack Arnold, pero no esperaba ninguna maravilla indiscutible pese a ciertos comentarios entusiastas. Pues me equivocaba. Desde la aparición de la misteriosa niebla que impregna los poros del personaje principal, el filme comienza un memorable crescendo de interés hasta casi convertirse en una película muda. La tragedia del empequeñecimiento del protagonista se acompaña primero con la morbosa reacción del público y el sentimiento de ser un freak por su parte, lo cual le sume en el abatimiento. En esos momentos, las excelencias de la propuesta no son más que un preludio de lo que nos espera. El acecho del gato, el micromundo que se forma en el sótano de la casa con nuestro protagonista totalmente desamparado, su nueva vivienda, la inundación, la aparición de un nuevo enemigo que entronca con una de las fobias más extendidas entre los seres humanos, en definitiva, la cinta eleva el suspense de forma angustiante a la par que el personaje sigue menguando y menguando... ¿hasta dónde?. Extraña un poco el desenlace por el que apuesta la película, pero no molesta para nada. Tras quedar KO ante “El increíble hombre menguante” tenía mis dudas sobre la conveniencia de completar la sesión triple prevista, pero finalmente me decidí a ver “Jules et Jim” con muy pocas esperanzas de que estuviera a la altura. Qué tonto que fui.
Hasta la fecha mi relación con Truffaut se limitaba a unos minutos (no muy interesantes me permito añadir) de “El pequeño salvaje” y la tremenda decepción que supuso “Los cuatrocientos golpes” (le reconozco ciertos méritos y rescato algún momento puntual, pero, en general, me resultó más bien mediocre). No obstante, la innegable crisis entre nuestro deseado idilio se ha resuelto de un plumazo con la desbordante magistralidad de “Jules et Jim”. Acertar a resumir lo que nos ofrece esta película es muy difícil sin revelar parte de su encanto, por lo que mejor hablar de los tres vértices en los que se asienta la función. Jules es el más sentimental del trío, lo cual le convierte en el más frágil y el primero en “dejarse vencer” por el amor. Jim es más reflexivo y cuidadoso con sus actos, lo cual le guarece de ese sentimiento durante un tiempo, pero tarde o temprano siempre acaba venciendo. Por su parte, Catherine es la fascinación, lo inalcanzable (al menos de forma plena) que no podemos evitar desear aunque ello nos resquebraje por dentro. La relación entre los tres vertebra la película, pero un guión plagado de maravillosas pequeñas reflexiones (perdí la cuenta de las frases memorables que contenía) y una loable voz en off (otro elemento de unión con “El increíble hombre menguante” aparte de la maestría de ambas) atrapa al espectador y no le deja ir hasta mucho después de terminada la película que oscila entre lo ágil, reflexivo, desbordante y subyugante de forma magistral, ya que consigue mantenernos presos hasta en los escasos momentos en los que parece caminar por aguas pantanosas.
El problema de “ingerir” dos obras de tanta calidad de seguido es que te absorben hasta un punto indescriptible en el cual, una vez consigues acallar el eco de las maravillas de una, la otra película aguarda al acecho para inutilizar tu cerebro más allá de la reflexión sobre el propio filme. Alrededor de dos horas (y eso que me acosté sobre las 4 de la mañana) fueron las que tardé en conseguir dormirme por el rechazo de mi cerebro a dejarlas de lado, y aún ahora sigo superado por esa intensa sesión de auténtico cine. No obstante, la vida sigue y ¿Qué película elegí para intentar mantener tal racha? La “afortunada” (con tales precedentes tenía muy difícil estar a la altura) fue “Hasta que llegó su hora”, la cual me venía precedida de ciertos comentarios aupándola al Olimpo del cine. ¿El resultado? Otra cinta deslumbrante.
La utilización del tiempo por parte de Leone se aleja bastante de lo común, acercándola a lo contemplativo por encima de la importancia de lo que nos presenta. Lo que le aleja de cineastas como Kim Ki Duk es que no busca la belleza en parajes que ya lo son, sino que de un espacio desértico y polvoriento extrae imágenes de innegable belleza estética. Todo ello aderezado con un ritmo pausado, casi de forma obsesiva, que convierte casa pequeña acción en algo con una fuerza poderosa. El director italiano nos propone una reflexión sobre el final de una época (el rudo oeste) en contraposición con la llegada de otra (la conspiración por intereses económicos ligada al progreso de la sociedad). No obstante, son los últimos coletazos de los personajes en vías de extinción los que ayudan a convertir “Hasta que llegó su hora” en una obra extasiante. La venganza de Harmonica (una especie de muerto viviente con una sola idea en mente, aunque con la clara decisión de posponerlo hasta el momento idóneo), el despreciable Frank (la muerte de los demás parece su único remedio para todo pese a su coqueteo con otro tipo de solución), la ruindad de Morton (el detonante de todo) o los esfuerzos de Jill (una antigua prostituta con una trabajada capacidad de supervivencia) se compenetra con la (por una vez) estupenda rigidez facial de Charles Bronson y la música de su armónica, la hechizante y maligna mirada de ojos azules de un magnífico Henry Fonda, la fragilidad de Gabrielle Ferzetti, la indiscutible sensualidad de Claudia Cardinale o la eficiencia de Jasón Robards como Cheyenne (personaje que no destaco simplemente porque no me apetece, aunque también lo merecería).
Además, una maravillosa banda sonora de Ennio Morricone y la estupenda fotografía de Tonino Delli Colli se unen a la casi inmaculada labor en la dirección de Leone para lo que durante muchísimos momentos parece una obra maestra indiscutible. Poco importa la dilatación temporal, la escasez de diálogos o que la historia podría haberse contado en la mitad de metraje. Lo que hubiera sucedido entonces es que la película hubiera perdido su toque especial, con indiscutibles raíces en el cine del oeste, pero más cercana a una cinta reflexiva, con todos los elementos de lo que debería ser un buen western (género del que me declaro muy poco seguidor), pero sublimando su importancia dentro del discurso que se nos propone. Algunos pocos verán aburrimiento en su lugar, pero, en este caso, no es culpa de la película. La pega es que uno o dos momentos sí transmiten la sensación de estar alargados (muy poco, eso sí) más de la cuenta y la presencia algún primer plano estéril y algo molesto “ensucia” ligeramente el conjunto. No obstante, la grandiosidad del conjunto (y de momentos aislados como el insuperable comienzo, el enfrentamiento final, el encuentro entre Frank y sus hombres y el niño superviviente, la escena de “amor”, etc. Son demasiados para poder enumerarlos todos) y el discutible efecto (uno siempre tiende a esperar algo mejor) de los visionados precedentes me permiten perdonárselo, algo que, por poner un ejemplo interesante en este caso, no me sucede con el innegable bajón de “El bueno, el feo y el malo” (también plagada de momentos acojonantes, aunque seguramente no tanto como los de la que nos ocupa) antes de su resolución.
Al final he escrito más de la cinta que menos me ha impactado de las tres (los comentarios y visionados precedentes se lo ponían difícil), pero no estoy para nada seguro de que sea la menos obra maestra del trío (ojalá todas las dudas fueran de esta naturaleza), ya que mi desinterés por el género también jugaba en su contra. Por ahora, el tiempo y mi cerebro dictarán sentencia. De momento, toca volver a la realidad y ni tan mal si ha venido de la mano de una cinta excelente como “Historias de Filadelfia”. Comments (18)
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